<< Las Tres Leyes de la Robótica:
- Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
- Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
- Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.>>
Isaac Asimov es, sin
duda, uno de los grandes nombres de la ciencia ficción. Entre sus
obras maestras destacan novelas, tales como aquellas que componen la
trilogía de La Fundación, y publicaciones de
divulgación científica, como, por ejemplo, El monstruo
subatómico. Además, Asimov ha demostrado con el paso de los
años que no solamente es un prolijo escritor de ciencia ficción,
sino también un profundo conocedor de materias como la historia o la filosofía, lo
cual demuestra en libros sobre la Edad Media, la Antigüedad, la formación de
América del Norte, etc. Sin embargo, lo que aquí nos ocupa son sus
numerosos relatos sobre robots, en lo cuales el cine ha encontrado
siempre inspiración llevando a la pantalla obras como Yo, robot o
El hombre bicentenario.
Pero, ¿cómo llego
Asimov a plantearse crear unas descripciones tan originales de estas
máquinas, las cuales incluso inspiran a la industria robótica de
hoy en día? En primer lugar, como él mismo
explica en el prólogo de la compilación de relatos El Robot Completo, cuando alcanzó los veinte años ya era un arduo lector de
novelas de ciencia ficción, de tal forma que su conocimiento le
llevó a dividir las historias de robots en dos categorías:
- Los Robots-como-Amenaza: en esta categoría entrarían todos aquellos relatos en los que los seres humanos presentan una desconfianza, que en la mayoría de los casos conlleva un enfrentamiento, hacia estas máquinas. Algunos de los ejemplos más sofisticados serían el de los replicantes de Blade Runner o el de Hall 9000 de la famosa “odisea” de Kubrick, aunque sin duda el caso más claro sería el presentado en la triología de Matrix.
- Los Robots-como-Pathos: en estas historias son los robots, habitualmente de carácter afable, los que se ven sometidos a las crueles órdenes y caprichos de los seres humanos. Tal podría ser, en parte, el caso del film de Steven Spielberg “Inteligencia Artificial” y de la mayoría de los relatos de Asimov.
Finalmente, Asimov acabó
combinando las dos vertientes, diseñando robots que eran verdaderas
obras de arte de ingenieria, que realizaban tareas para las que no se
precisaba el “pathos”humano y que estaban dotados de dispositivos de
seguridad (de ahí su formulación de las Tres Leyes de la Robótica,
desarrolladas por primera vez en Círculo Vicioso). Así, estas
historias han sido tan transcendentales en el campo de la robótica
que el presidente Josep F. Engelberger de una de las grandes firmas
de fabricación, Unimation Inc., dedicó su vida al desarrollo de
estas máquinas fascinado por las que Asimov describía en sus
relatos.
No obstante, sin duda la
auténtica aportación del escritor ha sido la invención imaginaria
de robots dotados de verdadera inteligencia artificial a los
cuales denominó “positrónicos”. Dicho
término hace referencia a una partícula subatómica denominada
positrón o antielectrón, que es un electrón con carga
positiva. Por lo tanto, un cerebro positrónico estaría compuesto de
una malla de platino e iridio en la que las conexiones, equivalentes
a las neuronales de nuestro cerebro se realizarían mediante el
flujo de estas partículas y no de electrones. Así, los robots
dotados con este cerebro artificial conservan cierta forma de
conciencia, llegando incluso a poseer capacidades tan “humanas”
como la creatividad o la reflexión metafísica. Por
ejemplo, en la novela de Asimov El hombre positrónico (derivada del
relato El hombre bicentenario) la máquina protagonista, llamada
Andrew, presenta extraordinarias dotes artísticas, y su pensamiento
va desarrollándose y evolucionando con el paso del tiempo. Otros
casos de robots positrónicos son, por ejemplo, el de Sonny,
protagonista de Yo, Robot, o Data, de Star Trek.

Llegados
a este punto cabe preguntarnos si es realmente posible que nuestra
ciencia avance tanto como para convertir los sueños de Asimov en
realidad. Ciertamente, ya hay ejemplos de inteligencias artificiales
muy avanzadas que están en funcionamiento: tal es el caso de Google,
que ha unido 16.000 procesadores para configurar un gran cerebro que
realice las búsquedas cibernéticas de forma más eficiente. Por otra parte, las
redes neuronales artificiales, llamadas RNA, comenzaron a
construirse de forma pionera por los neurólogos McCulloch
y Pitts
a mediados del siglo XX. Poco después, Widrow
y Hoff
desarrollaron la primera aplicación industrial real denominada
ADALINE.
Hoy en día, las RNA están bastante avanzadas, e incorporan
propiedades del cerebro humano como la capacidad de aprendizaje.
Incluso existen algoritmos genéticos que se están intentando
desarrollar dentro del campo de la Robótica Evolutiva. Así pues,
con la ayuda de la nanotecnología -aún en pleno proceso
experimental- y la posible creación de ordenadores cuánticos en
unas décadas (los cuales no elegirían entre 0 o 1, sino entre una
hilera de posibilidades numéricas comprendida entre el 0 y el 8), es
posible que nuestro nietos tengan la suerte de conocer robots
positrónicos tan encantadores como los que pueblan las historias de
Asimov.
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