“Solaris” es una de
las obras que más ha marcado a la ciencia ficción tanto por sus
adaptaciones cinematográficas (la más valiosa seguramente sea la de
Andrei Tarkovsky, de 1972) como por su originalidad a la hora de
abordar la pregunta de si hay vida en otros planetas. La novela fue
editada en 1961 por el polaco Stanislaw Lem, quien ha aportado otras
publicaciones de referencia al género como El Invencible, La
nebulosa de Magallanes o las Fábulas de Robots.
En líneas generales la
obra nos narra los conflictos internos y externos de un astronauta,
Kris Kelvin, destinado en Solaris, un planeta que lleva siendo
estudiado décadas por los humanos debido a sus desconcertantes
particularidades físicas -y psíquicas-, no encontradas en ninguno
de los otros astros explorados hasta entonces. Hipotéticamente
Solaris está formado por un inmenso océano “protoplasmático”
que cubre completamente su superficie y que parece tener vida
inteligente. Este razonamiento surge ante la imposibilidad de ofrecer
otra explicación científica plausible a fenómenos como la
desviación calculada de su órbita planetaria. Solaris se muestra,
así, durante toda la novela como un misterio sin resolver, capaz de
interaccionar con la mente de los humanos y enviarles extraños
instrumentos de observación que adquieren la forma de sus seres
queridos.
Sin
embargo, la gran aportación y genialidad de Stanislaw Lem no sólo
fue la presentación de una forma de vida alienígena inteligente
incapaz de encajar en los esquemas humanos -y, por ello, más allá
de toda posibilidad de comprensión para éstos-, sino por la
profusión de descripciones tanto del propio planeta como de los
hipotéticos estudios que se realizaban sobre él. Seguramente, para
muchos la respuesta que Lem da al “proyecto SETI” encaja mucho
mejor en la imaginación de los científicos que la aparición de
marcianos similares a insectos montando naves voladoras. Además,
constituye una profunda reflexión acerca de los límites del
conocimiento humano y su imposibilidad de comprender y conocer de
forma científica aquellos fenómenos metafísicos que -como indica
su nombre- están “más allá de la física” y, por ende, de
nuestro limitado campo de estudio. De hecho, la gran conclusión de
Solaris es sin duda ésa: sólo podemos conocer una parte del
universo, ya que estamos limitados por nuestras propias capacidades y
aptitudes. Todo lo demás, son sólo especulaciones, aptas para la
ficción, pero no para la ciencia.
No
obstante, la novela constituye la excusa perfecta para dilucidar
sobre los planetas con varios soles, su funcionamiento y si realmente
existen, ya que Solaris forma parte de un sistema de estrellas
binario.
Sistemas de estrellas
binarios
En
un sistema binario (término acuñado por William Herschel en 1802)
dos o más estrellas orbitan en torno a un centro de masa común y
puede componerse de dos, tres, cuatro o cinco astros. Los estudiosos
calculan que gran parte de las estrellas de nuestro firmamento
pertenecen a sistemas con dos estrellas, si bien los demás son
relativamente infrecuentes. No obstante, también se han dado casos
de estrellas que ópticamente parecen ser binarias pero que no lo son
en la realidad, para lo cual los científicos han tenido que
desarrollar métodos específicos de observación. Asimismo, es
importante señalar que en ocasiones éstos cuerpos celestes orbitan
muy cerca los unos de los otros, dando lugar a movimientos de
masa y al nacimiento de ciertos objetos que de otra forma serían
imposibles.
La
clasificación de las estrellas binarias puede hacerse:
Según su modo de detección.
Binarias visuales: pueden descubrirse por medio de
telescopios ordinarios, suelen situarse no muy lejos de nosotros y
estar bastante alejadas entre sí. Sin embargo, esta distancia
entre las dos estrellas hace que los ciclos orbitales de las mismas
sean extremadamente largos y, por ello, aunque son las más fáciles
de observar a priori, son
difíciles de clasificar porque su estudio puede necesitar de años,
o incluso décadas, al ser imprescindible comprobar su período de
traslación.
Binarias eclipsantes: sólo son factibles de observarse
cuando su órbita está alineada con la nuestra, siendo posible, de
este modo, la percepción del encuentro entre las dos estrellas que
hace que su luminosidad fluctúe. Así pues, la forma que tienen
los científicos de detectarlas es a través del estudio de la
curvatura de su luz.
Binarias astrométricas: en este tipo de sistemas una de las
dos estrellas tiene poca luminosidad ( por ejemplo, una enana roja
o marrón) y, por ello, sólo son detectables por la fuerza
gravitatoria que ejerce un cuerpo sobre otro, para lo cual se
requieren mediciones muy precisas.
Binarias espectroscópicas: como las astrométricas, también
poseen un cuerpo “invisible”, sólo que estás se detectan a
través del llamado “desplazamiento de Doppler”, es decir, a
través de la observación de la fluctuación periódica en las
longuitudes de onda. Cuando la estrella invisible se acerca a
nosotros se genera un viraje al color azul en el espectro y cuando
se aleja hacia el rojo.
Binarias ópticas o flasas binarias: sucede cuando
visualmente las dos estrellas están muy cerca pero, en realidad,
están a distancias diferentes de nosotros. Para comprobar su
autenticidad es preciso observar su trayectoria durante largos
períodos de años y ver si ésta es recta (con lo cual, no
orbitaría con la otra) o elíptica.
Según la configuración del sistema:
Separadas: las estrellas evolucionan separadamente. La
mayoría de los sistemas pertenecen a esta clase.
Semiseparadas: evolucionan conjuntamente produciéndose
transferencias de masa entre ellas.
En contacto: las estrellas están tan cerca que se
encuentran dentro de una cobertura atmosférica común pudiendo
llegar incluso a fusionarse.
Los sistemas binarios se establecen, según los científicos, en el
período de formación de las estrellas y, en los casos en los que
existen transferencias de masa entre ellas se pueden producir fenómenos
muy luminosos como las supernovas termonucleares. Éstas, también
denominadas supernovas tipo Ia, surgen cuando una de las dos
estrellas se convierte en una enana blanca mientras la otra es aún
una gigante roja, con lo que esta última es atraía por la primera
hasta el momento de su explosión.
Ejemplos
de planetas en sistemas binarios.
A.
Planetas con dos soles.
KEPLER
16 b
El
primero en ser descubierto fue el Kepler 16 b que orbita alrededor
de dos estrellas y está situado a unos 200 años luz. A este tipo de
planetas que orbitan alrededor de dos estrellas se les llama
circumbinarios. Su ciclo es de 229 días y tiene un tamaño similar
al de Saturno, al tiempo que se calcula que su temperatura es
demasiado fría como para que la vida sea posible. Cuando se
descubrió se comparó con el planeta Tatooine de la saga de Star
Wars, en el que se aprecia un atardecer con dos soles (en Solaris se
describen dos Soles- uno rojo y otro azul- y dos amaneceres y dos
noches distintas).
KEPLER
47
Este
sistema se compone de un planeta interior (Kepler
– 47 b) y otro exterior (Kepler 47 c), y de
dos
estrellas que giran una alrededor de la otra cada 7,5 días. Una
estrella de ellas es similar al Sol, Kepler-47A y otra más pequeña,
Kepler-47B .
El
planeta exterior es ligeramente más grande que Urano y su ciclo
orbital comprende 303 y se sitúa a una distancia de las estrellas
que se considera óptima para la existencia de agua y de las
condiciones climáticas necesarias para la vida, aunque es probable
que el planeta sea gaseoso y, por tanto, su atmósfera sería
incompatible con un organismo similar al nuestro.
B.
Planetas con tres soles:
El sistema HD 188753 está situado a 150 años luz en la constelación del Cisne y se compone de tres estrellas: una enana amarilla, HD 188753 A, una enana naranja, HD 188753 Ba, y una enana roja, HD 188753 Bb. En 2005 el astrónomo Konacki descubrió el planeta HD 188753 Ab, cuya existencia ha sido cuestionada por algunos científicos, ya que la existencia de planetas en sistemas estelares triples es complicada e improbabe. El planeta orbitaría muy cerca de la principal estrella y tendría un ciclo de 3,35 días.

Alpha
centauri es
nuestro sistema más cercano y también se supone que está compuesto
de tres estrellas: Alfa Centauri, una amarilla muy similar al Sol,
Alfa Centauri B, una naranja de tipo (éstas dos giran entre ellas en
una órbita de 80 años) y Próxima Centauri, mucho más pequeña y
que realizaría un ciclo de traslación alrededor de la primera y la
segunda a una gran distancia. De hecho, este proceso duraría varios
centenares de años, por lo que se discute si realmente este astro
está ligado al sistema de Alpha Centauri.
A
mediados del pasado mes de octubre se anunció, además, el
descubrimiento de un planeta en órbita alrededor de Alpha Centauri
B, que se denominó Alpha Centauri Bb. Éste se encontraría
demasiado cerca de la estrella para ser habitable y tendría un ciclo
de tan sólo 3,2 días.
C.
Con cuatro soles
El
pasado octubre, asimismo, se anunció también el descubrimiento de
un posible planeta con cuatro soles que se bautizó como PH 1, seis
veces más grande que la Tierra. Este sistema se compone de dos
estrellas binarias que a su vez son orbitadas por un segundo par
circulando alrededor de ellas. La existencia de este planeta se
consideraría extremadamente rara por la dificultad que entrañaría explicar su formación. Por otra parte, éste está fundamentalmente
compuesto de gas, por lo que tampoco parece ser apto para la vida.